¿Qué es el estrés?

28/06/2019
¿Qué es el estrés? ¿ cómo responde el cuerpo ante el estrés? o ¿qué efectos tiene en nuestro organismo? son algunas de las respuestas que desvelamos en este ameno artículo escrito por el Dr. Diego Redolar, neurocientífico y profesor de neurociencia de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

 

«Dentro del reino animal, hemos sido los únicos con inteligencia suficiente para inventarnos ciertos agentes estresantes, y los únicos suficientemente estúpidos para permitir que estos agentes dominen nuestras vidas». Robert M. Sapolsky

 

Imagínese la siguiente situación e intente ponerse en la piel del protagonista. Óscar es un padre de familia de cuarenta dos años que trabaja como representante comercial de una multinacional noruega en Barcelona. Lleva casado doce años y tiene tres hijos. Hace dos años que vive en una casa pareada en el extrarradio de la ciudad. Adquirió la vivienda en plena burbuja inmobiliaria, y pagó un precio muy por encima de lo estipulado en la actualidad. Durante los últimos meses han ido subiendo los tipos de interés y la cuota mensual de la hipoteca se ha visto incrementada en un sesenta por ciento. María, su mujer, trabaja a media jornada y el resto del tiempo lo dedica a los hijos y las tareas del hogar. Sumando los salarios de ambos no llegan a cubrir los gastos mensuales. No pueden vender la casa ya que el precio actual no les permitiría amortizar la hipoteca. De momento, subsisten con los ahorros.

Oscar está sometido a mucha presión en el trabajo. En la multinacional las cosas no le van bien y continuamente se están llevando a cabo reajustes empresariales. No se puede permitir perder el trabajo, por eso cada día Oscar muestra una dedicación muy por encima de lo que se le puede exigir. Un día se tumba en la cama y se da cuenta que le cuesta conciliar el sueño. Son las tres de la madrugada y solo piensa en cómo afrontar los gastos del mes y en una importante reunión que tiene al día siguiente en la oficina. Además, las tareas pendientes del trabajo le desconciertan y mentalmente intenta ordenarlas para optimizar su tiempo. Pasan las horas y no consigue dormirse. Piensa que necesita dormir para estar descansado y que cada minuto que pasa despierto es tiempo perdido.

Finalmente, exhausto y agotado, se queda dormido pero no consigue hacer un sueño reparador. A la mañana siguiente se siente fatigado y con un estado de ánimo considerablemente bajo. La situación se repite de forma similar durante las siguientes noches. La sensación de agotamiento se incrementa, afloran molestos dolores de cabeza recurrentes, aumenta la sensación de embotadura mental y de entumecimiento físico. Finalmente, Oscar accede a hacerse una revisión médica. Se encuentra en perfecto estado de salud pero el médico le recomienda tomar unos días libres ya que cree que «está sometido a mucho estrés». El segundo día de estar en casa cae enfermo de gripe, lo que demuestra que la situación prolongada de estrés había logrado mermar la capacidad de defensa de Óscar, su sistema inmunitario.

¿Cómo responde el cuerpo ante el estrés?

Ahora imaginemos que hacemos un salto en el tiempo y que nos trasladamos al anfiteatro Flavio en la Roma imperial, el célebre Coliseo, el alma de recreo de la urbe romana. Invito al lector a recordar el film Gladiator, de Ridley Scott, concretamente una escena en la que un grupo de esclavos espera detrás de una compuerta de madera desvencijada el momento de salir a la arena.

A través de las aberturas de la madera vislumbran tenues rendijas de luz, y se siente el griterío de la multitud. Los gladiadores no saben qué es lo que se encontrarán en la arena. Magistralmente, la cámara es capaz de capturar el estremecimiento y la agitación anticipatoria que muestran los esclavos. Uno de ellos, entre sollozos entrecortados y una respiración profunda e irregular, se orina encima. Imaginemos un prisionero de guerra que ha sido adiestrado para el espectáculo. Tiene delante cuarenta mil espectadores sentados y cinco mil de pie. Sabe que si vence en la contienda podrá preservar la vida, pero si pierde, esta quedará a merced del humor del público, que decidirá si se le concede el perdón o si se le condena. Los músculos de este prisionero deben funcionar perfectamente y resistir un elevado ritmo de trabajo durante cierto tiempo, por eso necesitan energía. Su cuerpo, por lo tanto, empieza a movilizar la glucosa y llevarla de prisa a los músculos. Se incrementa el ritmo cardíaco, la presión sanguínea aumenta y la respiración se modifica para optimizar el rendimiento físico. La digestión se detiene y los sentidos se agudizan. Comenzada la lucha, parece que los movimientos se suceden casi de forma automática, precisos y contundentes. De repente, el prisionero es herido en el brazo, y pese a que la sangre le mana a borbotones, no siendo el más mínimo dolor, como si la percepción del dolor estuviera debilitada. Sigue concentrado en su oponente, sin apartar los sentidos de las mandobles de su arma. Su volumen de sangre disminuye debido a la hemorragia, lo que puede poner en riesgo la capacidad de suministrar glucosa y oxígeno a los músculos y al cerebro de una forma eficiente. Sin embargo, su cerebro envía un mensaje a los riñones que detengan el proceso de formación de orina y la sangre pueda reabsorber el agua. Finalmente, consigue vencer. A pesar de que la herida ha sido aparatosa y de difícil pronóstico, consigue curarse.

Efectos del estrés en el organismo

Podemos decir que ambas situaciones ficticias presentan un eje vertebral común: el estrés. En la primera, Oscar se ha enfrentado durante meses a un conjunto de agentes estresantes psicológicos y sociales. Esta resistencia ha puesto en marcha un conjunto de respuestas fisiológicas que le han permitido mantener el rendimiento en el trabajo y preocuparse anticipadamente por la posibilidad
de quedarse sin sustento económico. En la segunda situación, un hecho extremadamente estresante, la lucha a vida o muerte, ha exigido una adaptación fisiológica inmediata para que el gladiador pudiera luchar al máximo de sus posibilidades para ganar el combate.

El caso de Óscar ejemplifica una respuesta a largo plazo que no ha resultado adaptativa: ha supuesto un aumento del riesgo de contraer una enfermedad. Se han activado un conjunto de respuestas fisiológicas útiles para responder a emergencias agudas físicas, pero no para responder de forma sostenida a presiones psicológicas y sociales. En el segundo caso, la respuesta ha sido adaptativa, ya que se han activado sistemas fisiológicos diseñados para enfrentarse a una emergencia física inmediata que no sólo han posibilitado un estado físico óptimo del gladiador para la batalla, sino que también han facilitado su recuperación. En una situación aguda, como la del gladiador en el Coliseo, la energía se moviliza rápidamente para que los músculos tengan los recursos metabólicos necesarios de forma inmediata. De este modo se evita que se continúe almacenando. También aumenta la frecuencia respiratoria, se aceleran los latidos del corazón y aumenta la presión sanguínea para posibilitar un transporte rápido de oxígeno y de nutrientes. Del mismo modo, la percepción del dolor queda notablemente reducida, los sentidos se agudizan y mejora la atención y la capacidad para almacenar información. Ante una emergencia similar, todos los procesos que suponen un gasto energético innecesario se suprimen. De ahí que la digestión del gladiador queda paralizada. Si la situación de estrés se mantuviera, los efectos sobre el organismo serían una disminución de la actividad reproductora, el cese del crecimiento y el debilitamiento del sistema inmunitario, como sucede en el caso de Óscar.


La respuesta de estrés, si se activa de manera crónica, o si no se puede desactivar cuando desaparece el agente estresante, puede llevarnos problemas serios de salud


Imagínese qué sucedería si viviéramos en un estado de emergencia permanente: las reservas energéticas disminuirían y aumentaría el riesgo de desarrollar enfermedades; tendríamos dificultades para activar procesos de recuperación tisular e incluso correríamos el riesgo de inhibir el crecimiento; tendríamos más probabilidades de sufrir hipertensión, aterosclerosis y daños en el sistema cardiovascular; disminuiría el impulso sexual; aumentaría el riesgo de sufrir trastornos gastrointestinales; nuestro sueño y nuestro estado de ánimo se verían afectados; el sistema inmunitario dejaría de funcionar correctamente, y ciertas regiones del cerebro se verían alteradas. Queda claro, pues, que la respuesta de estrés, si se activa de manera crónica, o si no se puede desactivar cuando desaparece el agente estresante, puede llevarnos problemas serios de salud.

Ante la evidente complejidad del estrés, podemos cuestionarnos cómo es posible que pueda afectar a la salud, y el hecho de que lo haga en función de aspectos como el tipo de agente que desencadena la respuesta, la duración de la situación de estrés, la capacidad de reacción que muestra la persona, la percepción de control que se tiene de la situación, la predictibilidad del agente estresante, el apoyo social del que se dispone, etcétera.

La respuesta de estrés, ¿una respuesta adaptativa?

¿Cómo definiríamos el estrés? En primer lugar, debemos tener presente que se trata de una respuesta. Concretamente, la respuesta de estrés es el intento del organismo de restablecer el equilibrio alostático y de adaptarse a unas situaciones biológicas, psicológicas o sociales que pueden provocar alteraciones de diferentes sistemas del organismo y trastornos cognitivos y perceptivos. La respuesta de estrés puede ponerse marcha no sólo ante una lesión física o psicológica, sino también ante su expectativa, y esto puede afectar el rendimiento de la persona y su estado general de salud. La respuesta de estrés puede modularse por todo un conjunto de variables cognitivas y personales del sujeto, así como por factores de ámbito social. Desde un punto de vista adaptativo, el estrés permite la movilización inmediata de las reservas energéticas del organismo e inhibe los sistemas fisiológicos que no tienen la finalidad inmediata de la supervivencia del sujeto, lo que, a más largo plazo, posibilita un ahorro de energía.


La respuesta de estrés puede modularse por todo un conjunto de variables cognitivas y personales del sujeto, así como por factores de ámbito social


Hoy sabemos que no todos los agentes estresantes producen los mismos patrones fisiológicos de respuesta de estrés: la velocidad, la magnitud y el patrón de estos patrones puede variar en relación con el agente estresante. De forma añadida, el estrés depende no sólo de los parámetros físicos de la estimulación ambiental, sino sobre todo de cómo el organismo percibe estos estímulos y cómo reacciona ante ellos. Por ejemplo, muchas personas sienten ansiedad al hablar en público, pero otros pueden disfrutar haciéndolo. Debemos tener en cuenta que no hay un único estado fisiológico que sea específico del estrés. Está ampliamente aceptado que niveles elevados de glucocorticoides (en especial el cortisol) es un indicador del estado de estrés, pero sin embargo muchas actividades agradables como comer, hacer ejercicio, o el sexo, aumentan los niveles de estas hormonas.

Por otra parte, la percepción de control que tenemos del agente que produce el estrés parece tener una profunda influencia en el impacto de una experiencia aversiva sobre la conducta y la fisiología de un organismo. Dos animales expuestos a los mismos niveles de una descarga eléctrica pueden intentar evitar el estímulo estresante, pero la experiencia puede tener efectos muy diferentes sobre la respuesta fisiológica y conductual. Esta respuesta dependerá de si el animal tiene o no algún tipo de control sobre la descarga. El elemento de control (y de predictibilidad, muy relacionada con el control) modula la magnitud de la respuesta de estrés y la posibilidad de que este estrés genere secuelas conductuales y fisiológicas. Porque el estrés tenga consecuencias sobre la salud, la experiencia deberá ser percibida como aversiva. Dicho de otro modo: si el sujeto pudiera, evitaría lo que le estresa, o probaría de atenuar la intensidad.


La percepción de control que tenemos del agente que produce el estrés parece tener una profunda influencia en el impacto de una experiencia aversiva sobre la conducta y la fisiología de un organismo


 

El estrés también requiere una alta excitabilidad cerebral. Esta excitabilidad aumenta tanto en actividades aversivas como en actividades agradables. Por ejemplo, hablar en público suele producir este tipo de respuesta al cerebro y, sin embargo, sólo para algunas personas resulta aversivo y estresante. Desde los estudios de Seyle, numerosas evidencias experimentales han relacionado el estrés con varios procesos patológicos. Por ejemplo, en 1953 Cohen y sus colaboradores mostraron que personas sometidas a estrés crónico (como, por ejemplo, los supervivientes de campos de concentración) presentaban más problemas de salud durante su vida que otras personas de la misma edad y situación socioeconómica que no habían pasado por circunstancias crónicas estresantes.

 

Sin duda, el estrés como respuesta adaptativa a corto plazo es un mecanismo muy útil pero cuando se instaura en nuestra vida de forma permanente puede tener efectos nocivos en nuestra salud.

 

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Sobre el autor

Profesor de neurociencia y psicobiología (bases biológicas del aprendizaje, la memoria, las emociones y el refuerzo) en los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)

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