Cambio climático y COVID-19, crisis convergentes

20/10/2021
Foto: Pixabay en Pexels.

Ya se ha comentado en otras ocasiones que la COVID-19 es un ejemplo paradigmático de enfermedad del Antropoceno. Hasta ahora nos habíamos centrado en analizar el origen de la pandemia, y acabábamos concluyendo que los factores que han dado lugar a la COVID-19, así como los de otras muchas enfermedades emergentes, son los mismos que nos han llevado a la actual crisis climática. En este artículo queremos analizar otros factores que nos hacen afirmar que la COVID-19 y el cambio climático son crisis con fuertes similitudes.

Desigualdades. Poblaciones vulnerables sufren de forma desproporcionada los efectos de estas crisis

A pesar de que lentamente parece que vamos volviendo a la normalidad prepandemia, la pandemia de la COVID-19 ha acentuado ciertas problemáticas sociales y de salud que requieren también una respuesta urgente, como la pobreza, la inseguridad alimentaria o la pérdida de salud mental, especialmente en poblaciones vulnerables o de baja renta. Este aumento de las desigualdades sociales no se ha producido solo como consecuencia de la crisis de salud pública, sino también por la crisis económica derivada de la misma. En pocas semanas se produjeron confinamientos globalmente, se detuvo la mayor parte de la actividad económica y se produjo el cierre de todo tipo de empresas, manteniendo exclusivamente aquellas actividades consideradas esenciales y las que podían realizarse virtualmente. Millones de personas con trabajos más precarios o trabajos informales vieron reducidos o eliminados sus ingresos de forma repentina y prolongada, a la vez que otras se vieron forzadas a estar más expuestas al riesgo de infectarse por tener trabajos esenciales, y aumentando la transmisión del virus entre poblaciones socialmente más desfavorecidas. Dichas poblaciones, además, presentan mayor número de enfermedades crónicas, que suponen un mayor riesgo de complicaciones y mortalidad en caso de infección por COVID-19, lo que se ve agravado por las desigualdades existentes tanto en el acceso a la atención sanitaria como en los suministros de material médico y farmacológico a escala global.

Las poblaciones más vulnerables son las que sufren de forma desproporcionada las consecuencias de la crisis climática.

Como en el caso de la COVID-19, las poblaciones más vulnerables son también las que sufren de forma desproporcionada las consecuencias de la crisis climática. El aumento de las temperaturas reduce en un 30 % la capacidad productiva de los trabajadores, y afecta principalmente a aquellas personas que trabajan en la construcción o la agricultura en países de media y baja renta, a menudo en condiciones no reguladas y cobrando en base a su producción (por ejemplo, en función de los kilogramos recolectados). Por lo tanto, una pérdida de productividad se acaba traduciendo en una pérdida de ingresos. Además de la pérdida de productividad, existen diversas líneas de evidencia, recogidas en este libro publicado por el Banco Mundial, que indican que el cambio climático hará aumentar la pobreza. Muchos de los factores que relacionan la crisis climática con la pobreza giran en torno a la seguridad alimentaria (menor disponibilidad, acceso, estabilidad y calidad en la producción de alimentos) y la subida de precios que ello desencadenará. Por otro lado, las poblaciones y las personas en situación más vulnerable serán aquellas para las que será más difícil adoptar medidas de adaptación al cambio climático, y tendrán menor acceso al sistema de salud para tratar las condiciones relacionadas con el mismo.

La reducción de las desigualdades existentes dentro de los países y entre ellos es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, y su importancia se ha visto magnificada a raíz de las consecuencias de la pandemia de la COVID-19. Se requerirán esfuerzos desde los diferentes sectores y bajo el paraguas de una gobernanza global con unos objetivos comunes para poder abordar estas desigualdades y garantizar el acceso universal a la salud, la educación y los servicios sociales en los distintos países.

Caso omiso a las alertas de la comunidad científica

La llegada de la COVID-19 nos forzó a cambiar nuestra forma de vivir de la noche a la mañana. La urgencia de una respuesta contundente ante el creciente número de muertos que estaba causando, la saturación del sistema sanitario y la incertidumbre sobre cómo podía evolucionar la pandemia no hicieron dudar a la mayoría de gobiernos del mundo, que implementaron medidas drásticas para reducir el número de contagios. Hacía años, no obstante, que la comunidad científica advertía del creciente riesgo de aparición de enfermedades emergentes, y pocos meses antes de la detección del primer caso de COVID-19, la OMS publicaba un informe, titulado Un mundo en peligro, donde alertaba de una «amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5 % de la economía mundial». En ese mismo informe, se hacían una serie de recomendaciones urgentes para preparar al mundo frente a emergencias sanitarias, como priorizar el gasto nacional para la preparación y fortalecer los sistemas sanitarios con el fin de garantizar la cobertura sanitaria universal. A pesar de la contundencia del informe, la mayoría de países no reaccionaron ante dicha alerta, y, de hecho, los sistemas sanitarios de buena parte del mundo, como el Estado español, seguían padeciendo los recortes sufridos durante la crisis financiera de 2008.

En el informe ‘Un mundo en peligro’ la OMS alertaba de una «amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5 % de la economía mundial».

Existen similitudes también en este aspecto entre la COVID-19 y el cambio climático. Hace décadas que la comunidad científica alerta también del cambio climático y de los efectos negativos que puede tener para nuestra salud. El sexto informe del IPCC, publicado hace pocas semanas, alerta que, según los escenarios de reducción de las emisiones más optimistas, durante el próximo siglo la temperatura media superficial global aumentará 1,5 ºC. En escenarios menos optimistas, este aumento puede llegar a ser de 4,4 ºC durante el siglo xxi. Esta subida de las temperaturas se traducirá en un incremento en la frecuencia e intensidad de eventos climáticos extremos, reducción de la disponibilidad y acceso a alimentos y agua dulce y desplazamientos de millones de personas. Pese a los mensajes inequívocos de la comunidad científica y su contundencia, vemos, de nuevo, como los gobiernos ignoran sus recomendaciones. Parece que seguimos esperando otra vez a llegar al límite para, entonces sí, tomar medidas drásticas de un día para otro.

Oportunidad para promover la salud planetaria

Como dijo Albert Einstein, «hay una gran oportunidad en cada crisis». Esta sensación de oportunidad, a pesar de la gravedad de la situación, la comparten varios organismos internacionales que monitorizan tanto la evolución de la COVID-19 como el cambio climático, como la comisión Lancet Countdown sobre Salud y Cambio Climático o la comisión Lancet COVID-19. La crisis sanitaria, humanitaria y económica causada por la COVID-19 puede servir para impulsar finalmente el cambio hacia un modelo económico sostenible que se alinee también con la necesidad de cambio que nos marca la crisis climática. Por ejemplo, entre las diez acciones prioritarias que la comisión Lancet COVID-19 identifica para superar la pandemia, indica la recuperación verde y resistente, es decir, «la recuperación económica basada en un crecimiento impulsado por la inversión pública en tecnologías verdes, digitales e inclusivas, basada en los Objetivos de Desarrollo Sostenible», acciones totalmente en sinergia con la mitigación del cambio climático.

La crisis sanitaria, humanitaria y económica causada por la COVID-19 puede servir para impulsar finalmente el cambio hacia un modelo económico sostenible que se alinee también con la necesidad de cambio que nos marca la crisis climática.

La situación actual es también una oportunidad para redefinir nuestro concepto de salud y hacerlo evolucionar hacia el concepto de salud planetaria. Bajo este concepto, la recuperación de la COVID-19 irá sin lugar a dudas alineada con las políticas de reducción de las emisiones, puesto que no podemos mejorar nuestra salud si seguimos destruyendo los sistemas naturales de los que esta depende. 

Autores / Autoras
Cristina O'Callaghan-Gordo
Profesora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC e investigadora del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal). Directora del máster de Salud Planetaria de la UOC, la UPF e ISGlobal
Profesora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya.
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