La mejor medida de protección en salud: lavarse las manos. ¿No te lo crees?

15/10/2021
Foto: Clay Banks en Unsplash.

Estoy seguro de que al leer el título la mayoría o, mejor dicho, todos los lectores dirán que es obvio, que sí, que se lo creen. Si no lo teníamos del todo claro, durante esta pandemia de COVID-19 los medios se han hartado de recomendarnos que nos lavemos las manos a menudo y nos han dicho cómo tenemos que hacerlo —porque no se trata de chap-chap, un poco de agua y jabón y listo—, e incluso los menos convencidos lo han hecho. Pero esto no ha sido así siempre. Ha costado mucho que nos lo creamos. Permitidme que os cuente una pequeña historia.

En 1818, en Tabán, un barrio de Budapest, nació el médico Ignaz Semmelweis, que, aunque de joven se interesó por los estudios de derecho, después —no sabemos el porqué, o yo no lo sé— abandonó las leyes y se puso a estudiar Medicina. En el transcurso de su formación se fue a Viena, y fue en esta ciudad donde consiguió una posición como profesor asociado y jefe de residentes de la Clínica de Maternidad del Hospital General de Viena. Como buen científico, Ignaz Semmelweis observaba lo que les sucedía a las parturientas que atendían en la primera clínica del Hospital y tomaba nota. Se dio cuenta de que la mortalidad en el posparto por fiebre puerperal (es decir, por infección) era superior en la primera clínica, atendida por médicos jóvenes, que en la segunda, atendida por comadronas. Y se preguntó el porqué. Sus colegas lo atribuían al azar, a que las comadronas tenían más experiencia —quizás sí— y a que a la primera clínica iban las embarazadas de más riesgo. Pensad que la mortalidad a consecuencia de esta infección en el posparto entre las mujeres que parían era del 10 al 15 %. Pero pasó algo.

Ignaz Semmelweis propuso que, antes de ayudar en un parto, los médicos se lavaran con cuidado las manos. Y observó que la mortalidad por fiebre puerperal se reducía en un 90 %.

Un amigo médico de Ignaz, Jakob, que practicaba muchas autopsias a mujeres que habían muerto por esta fiebre, tuvo la mala suerte de hacerse daño con un bisturí mientras estaba realizando una. Murió a los pocos días con un cuadro clínico muy similar al de las mujeres que fallecían debido a la fiebre puerperal. Insistimos: Ignaz era un buen científico. Intentó relacionar lo que observaba en la clínica con el accidente de su amigo y propuso que, antes de ayudar en un parto, los médicos se lavaran con cuidado las manos, que no se las frotaran simplemente con una solución clorada. Dicho y hecho. Observó que la mortalidad por fiebre puerperal se reducía en un 90 %. Lo atribuyó a la limpieza de manos y pensó que muchos médicos atendían a las embarazadas al volver de la sala de autopsias con las manos contaminadas y sucias, mientras que las comadronas no realizaban autopsias.

No le hicieron ningún caso. Incluso lo tildaron de loco por su desespero. Se sintió muy dolido y se deprimió. Lo ingresaron en un asilo. Quiso escapar de él, convencido de que lo habían recluido por sus ideas. Los guardas del asilo le dieron una paliza, lo hirieron y lo encerraron en una celda. Murió al cabo de unos días (año 1865) de una infección provocada por las heridas que le habían hecho los guardas.

Unos años más tarde, en París, Louis Pasteur elaboró la teoría de los gérmenes, la base del proceso infeccioso, y la recomendación de lavarse las manos de Ignaz Semmelweis fue universalmente reconocida. Nadie más ha vuelto a dudar de la importancia de lavarse las manos —no solo obstetras y cirujanos antes de las intervenciones médicas, sino todos nosotros— para eliminar los gérmenes que viven en la piel, en las uñas y en nuestras manos. Otro día explicaré el porqué. Mientras tanto, no os olvidéis de lavaros las manos.

Autor / Autora
Ramon Gomis de Barbarà
Médico endocrinólogo, dramaturgo y escritor. Actualmente es también catedrático emérito del Departamento de Medicina de la Universidad de Barcelona e investigador emérito del Instituto de Investigaciones Biomédicas August Pi i Sunyer (IDIBAPS), centro que ha dirigido desde 2008.
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